Exposiciones

Morriña púxose exuberante Chelo Matesanz Del 21 de diciembre al 27 de febrero

Otra vez está todo hecho un revoltijo. He tenido que tumbarme como si fuera a dormir una siesta. Cencerros de vaca. Una fuente que está seca. Olor a hierba recién cortada. Los cardos. El color de los cardos. Voy a comerme un trozo de tarta. La forma de los cardos. El pelo tan tirante. Entramos en la lechería. Por favor, golpee. Se mantiene el silencio. El tren a lo lejos. Todo es azul o verde. El olor del ganado. Estoy asustada. Una casa de ladrillo. El calor de la cuadra. Un bonito uniforme. Me dolía la cara. Tengo sed. No deje que me ponga enferma. Mi prima me ha tirado del pelo. Nos vamos al extranjero. El hueso empieza a asomarse a través de la carne. Ya no quiere volver más a misa.


Las obras nos remiten a lo ancestral, ya no como una visión esperpéntica de un costumbrismo esperado por conocido, sino como signos que activan aspectos de la memoria depositada en algún lugar lejano de nuestro imaginario. Despiertan esa visceralidad con sus formas (cencerros, cabezas de animales, ropajes, etc.), pero también con la proyección de esos sonidos y olores que conviven dentro de nosotros. Lo primigenio se funde con el deseo en una artimaña surrealizante, en una normalidad muy cercana, la que se genera cuando no necesitamos apoyarnos en nada, la que se nos muestra como un fiel reflejo de una realidad profunda, aquélla que nos armoniza con un último Goya, un Gutiérrez Solana o un Laxeiro. Mascaradas, muecas, carcajadas y carnavales, porque carne somos y a la carne nos debemos.


Pero más allá de la carne y de la víscera omnipresente, todas las sociedades llevan adherido a la piel el sentimiento de lo transcendental, de cuestionarse la existencia misma. Nóvoa Santos nos habla de la nostalgia de un pasado fabuloso y el anhelo de revertirse en la tierra, en la “gran madre”. Una búsqueda de seguridad en ese avanzar hacia ninguna parte, pero de necesario movimiento, podemos pensar en los trabajos de Seoane o Díaz Pardo, en los que se atiende tanto al futuro como al pasado, tal vez para hallar un equilibro en la inestable realidad del presente.

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