Exposiciones

Xestos, formas e actos. Comisario: Ángel Calvo Ulloa Alejandra Pombo Su Diego Vites Mariana Caló y Francisco Queimadela Oriol Vilapuig Del 18 de noviembre al 16 de diciembre

Cuando Paul Gauguin viajó por primera vez a la Bretaña en el verano de 1886, se vio sorprendido por la falta de atención que los habitantes de Pont-Aven le prestaban a su presencia. Las razones eran muy simples, llevaban ya más de medio siglo recibiendo a pintores llegados en su mayoría de París, que iban en la procura de un paisaje primitivo que persistía en las construcciones megalíticas y medievales, así como en la fisionomía de las gentes. No obstante, si Gauguin había decidido viajar hasta allí no había sido por eso, sino por lo barato que resultaba, en comparación con París la vida en aquel lugar; y también por la libertad que le otorgaba aquel retiro para sacar adelante su trabajo. Inevitablemente la profunda religiosidad de aquellas gentes y el paisaje acabaron por influir en las pinturas de aquella etapa, así como las arquitecturas y esculturas románicas existentes en la zona. Desde la Bretaña, Paul Gauguin hablaba en sus cartas a Van Gogh de lo salvaje, lo primitivo o lo simple.

 

Aquel mismo año en que Gauguin conoció la Bretaña, Isidre Nonell viajó por primera vez al Pirineo catalán, concretamente al Vall de Boí, zona termal a la que se accedía con inmensa dificultad, y donde se encontró ya non con los paisajes o las arquitecturas, sino con las gentes, concretamente con los cretinos y parias de los Pirineos que Nonell representará en muchas de sus ilustraciones en relación con construcciones religiosas de ese Románico Catalán que comenzaría a suscitar mucho interés en los años sucesivos. Cuenta Juan José Lahuerta que fue durante el viaje a Barcelona que Picasso hizo en 1902, cuando este pudo ver en la Sala Parés los retratos que Nonell había hecho de aquellas gentes del Vall de Boí, y también sería en aquel año en el que, sin moverse de Barcelona, pudo ver en el Museu Nacional de Arte de Catalunya la Exposición de Arte Antiguo en la que de manera tímida empezaban a aparecer piezas del románico. En 1906 Picasso viajaría a la localidad pirenaica de Gósol, en un viaje del que regresará con un cuaderno de notas repleto de dibujos. Lo que vendrá después ya lo sabemos.

 

Parece anecdótico todo esto, pero en verdad el motivo de poner sobre la mesa estos datos con relación a la repentina presencia que tendrá el románico en la obra de estos artistas, puede dar ciertas pistas a propósito de la pesquisa en la que estaba el arte europeo de aquellos años, pero también la profunda importancia que tenía filtrar los resultados a través de una ciudad como París.

 

“Xestos, formas e actos” no es una exposición de tesis, no ofrece certezas ni tampoco quiere crear un relato común que vertebre la influencia histórica del románico en el arte peninsular. No es preciso investigar mucho para entender los desfases cronológicos que nos sitúan lejos de París, ni es necesario tampoco asumir el ya endémico sentimiento de inferioridad, el histórico “llegar tarde a casi todo” del que parece somos culpables.

 

Solo así, con la libertad de quien en verdad no aspira a acompañar de cerca la tendencia internacional, es posible entender que aquel modo granítico de mirar para el paisaje, las gentes, la religiosidad y la construcción nacional que supuso para la Galiza de los años 1920 y 1930 un movimiento de vanguardia, terminó por convertirse, con el paso de las décadas y bajo el lastre simplificador de la estética del granito, en una denominación reaccionaria que se extiende hasta la actualidad.

 

En el inquérito a los pintores que la revista Grial publicara en 1951, en su segundo número, el dedicado a la pintura actual en Galicia, decía Laxeiro que sus influencias estaban, primero en las piedras de las montañas gallegas, y después en los que las habían trabajado, como el Maestro Mateo. Al margen del omnipresente discurso sobre el celtismo, la alusión al románico ha sido un lugar común desde los relatos historiográficos del XIX, pero si echamos mano de los apuntes íntimos del propio Laxeiro, dos de las influencias más citadas serán las figuras de los locos de aldea y los espectáculos de marionetas: concretamente O Naranxo y Barriga Verde. Recuerdos de infancia que marcarán de algún modo ese interés por lo popular, por el lumpen que la revolución industrial sitúa en el ámbito urbano, pero que ya Velázquez o Goya habían pintado en el XVII y el XVIII en un entorno cortesano. No era pues una tendencia parisina, sino más bien un hilo histórico que había arrancado mucho antes y que ponía en lo exótico un foco de interés que, en el arte gallego, podría situarse en relación estrecha con una pintura que, hasta bien empezado el siglo XX carecía de referentes claros.

 

De este modo, quizás por una absoluta falta de prejuicios a la hora de echar mano de esos referentes, los y las artistas Diego Vites, Alejandra Pombo Su, Oriol Vilapuig, Mariana Caló y Francisco Queimadela participan de esta exposición que no quiere reivindicar tiempos pasados, sino mostrar con cuatro casos bien diferenciados otras maneras de manejar y citar de un modo crítico las fuentes de la historia del arte. Se configura así una muestra que se articula a partir de una serie de trabajos puntuales o de largo recorrido, que tienen en las formas atribuidas a lo románico un punto de partida analítico, renovado y que huye de la atrofia que supone hoy el hecho de haber convertido los gestos de la vanguardia en anquilosantes tradicionalismos regionalistas.


El texto que Oriol Vilapuig escribió en 2020 para acompañar el proyecto editorial y expositivo “Son. Empremtes i figuracions a les Valls d’Àneu”, que tuvo lugar en el MNAC de Barcelona, comenzaba con una serie de interrogaciones de entre las cuales hemos extraído ahora el título de este proyecto que nos ocupa, y que consideramos son altamente pertinentes para acercarnos a nuestra exposición.

 

“¿En qué grado una imagen está determinada por el lugar que la vio nacer? ¿Puede ser que las imágenes tejan vínculos inseparables o experiencias más intensas con los lugares donde se crearon? ¿Qué sentido adquieren los espacios antiguamente sagrados en nuestra contemporaneidad? ¿Qué papel simbólico tiene la arquitectura que acogió al arte románico? ¿Qué clase de anacronismos se generan cuando estamos desbordados por gestos, formas y actos en apariencia inmemoriales? ¿De dónde nace la fascinación por las imágenes del pasado? ¿Se debe a su potencia por atrapar el tiempo o, por el contrario, a su capacidad por convertir la mirada en un vehículo turbador, en un contacto a distancia?”

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