“Cuando los griegos afirmaban que todo conocimiento era una reminiscencia, querían decir con ello que toda la existencia, esto es, lo que ahora existe, había ya sido antes. En cambio, cuando se afirma que la vida es una repetición, se quiere significar con ello que la existencia, esto es, lo que ya ha existido, empieza a existir ahora de nuevo"
Kierkegaard, Soren. La Repetición. Alianza Editorial. Madrid. 2009.
Recuerdo que, hace ya mucho tiempo, en el transcurso de una conversación con Manolo Quejido en su estudio de Madrid, charlando sobre lo pictórico, hablamos acerca de los tiempos y formas de hacer en el taller y comentamos la importancia del binomio pensar-pintar o pintar-pensar: “Lo mismo da, porque pintar es igual a pensar y pensar es igual a pintar”, me decía.
Yo no soy ni quiero ser pintor (¡qué responsabilidad!), y en el momento mismo de trabajar con la pintura no tengo la sensación de estar pensando ya, sino de estar haciendo otra cosa, pero no pintar. Pienso en la pieza desde mucho antes de materializarla y también al dejar de trabajar con ella. Enlazando el argumento de Quejido con mi percepción, se podría decir que pinto antes de ir a por la tela y la pintura y también al abandonarlas, pero no en el momento de la realización misma.
Ha sido un proceso lento y sin ninguna prisa el que ha generado este cuerpo de trabajo. Llevo una larga temporada dedicado al pequeño formato. En un primer momento fue debido a los condicionantes impuestos por lo reducido del espacio en el que trabajaba. Más tarde, incluso cuando esa limitación había desaparecido, el proceso ya se había convertido en dinámica, y aún sigo atrapado en la intensidad de lo mínimo.
Debo explicar que la relación recuerdo-repetición, suele estar presente en mis trabajos de una u otra forma y en estas piezas esta conexión se traslada a lo formal: fundamentalmente a los gestos y maneras de hacer, a los distintos movimientos necesarios para terminar poniendo o quitando la pintura sobre el soporte, conformándose una suerte de coreografías necesarias para la producción de cada serie u obra.
Así pasa por ejemplo en Coreografía vertical: ahora sí (a Marina), serie que habla del proceso de duelo que se origina con la muerte de mi padre, quien siempre me decía que mis piezas necesitaban más color. Muchos años después de su fallecimiento me propongo realizar una serie en la que solo exista ese color que antes negaba y, a modo de repetición (casi castigo), aplico las pinceladas de arriba abajo en todas y cada una de las piezas; que finalmente se disponen en horizontal, conformando así una especie de horizonte, nuestro límite visual, al que por definición nunca llegamos por mucho que avancemos.
Lo mismo se aplica a las distintas series, como Erodere, en las que se desgastan las capas de pintura, o en Barrueco, en la que las piezas aparecen deformadas o también en Efémera, empastando el soporte.
Muchas de estas piezas exploran cuestiones inherentes a la propia disciplina: la superposición de capas, el equilibrio cromático, los elementos estructurales (el bastidor, la tela, la madera o la pintura misma), el propio proceso de pintar y despintar...estos elementos conforman la sintaxis formal de estas obras y series, dentro de las cuales, en muchas ocasiones, cada pieza surge de la anterior y da un pequeño paso transitando hacia otro lugar.
Por eso sé que aunque nosotros no lo hagamos siempre, la pintura sí nos piensa en todo momento y tengo claro que las piezas, durante el proceso creativo, son mucho más libres de lo que lo son nuestras propias ideas: todo un misterio, seguimos sin descubrir qué es lo que hace que incluso las mismas obras sean otras según el momento, según el día o la temporada, provocando sensaciones y respuestas muy diferentes. Me lo decía Manolo: “...es que si no, el arte sería un trayecto en un autobús urbano”.
Juan López (Ferrol, 1973)
Licenciado en Historia del Arte y en Historia y Ciencias de la Música.
Entre sus exposiciones se encuentran la colectiva Sons Improbábeis en el Auditorio de Galicia (2022) comisariada por Iñaki Martínez Antelo, Cruces en el Arte Gallego en el CGAC (2022) comisariada por Santiago Olmo y Sara Donoso o Paisajes sin título (2017) en la Fundación Manolo Paz en Cambados. Destacar también su exposición individual ES OTRO en la fundación DIDAC (2019) y en el Centro Torrente Ballester de Ferrol, ambas comisariadas por David Barro. Este proyecto dio origen a la Serie Himno, con la que se inauguró la primera edición del Festival Plataforma en Santiago de Compostela (2020).
Su obra fue seleccionada en premios como el Isaac Díaz Pardo (adquisición en 2021), en el Premio Internacional de Arte Gráfica Jesús Núñez (Mención de Honor en 2013) y el Novos Valores de la Diputación Provincial de Pontevedra (2013) o el Premio Internacional de Gráfica Máximo Ramos en el Centro Torrente Ballester de Ferrol (2016 y 2018).
Participó en talleres y residencias artísticas artísticos bajo la dirección de Ignasi Aballí, Daniel Canogar, Miguel Palma, Manolo Quejido o Sandra Cinto entre otros.
Su obra está presente en colecciones como la de la Fundación DIDAC, la Fundación CIEC, la Diputación Provincial de A Coruña o la Colección CGAC, además de colecciones particulares.